Cosecha roja, primera entrega: Sobres papel manila*
Rodolfo Santullo es un reconocido guionista de historietas (ganó el premio Solano López al mejor guión en la Feria del Libro de Buenos Aires, en 2009, por la novela gráfica Cena con amigos, ilustrada por Marcos Vergara), aunque tiene experiencia también como narrador. Publicó un libro de cuentos (Perro come perro, Artefato, 2006) y otras dos novelas (Las otras caras del verano, Amuleto, 2008, en colaboración con Martín Bentancor, y Cementerio Norte, Trilce, 2009, ganadora de los Fondos Concursables del MEC) antes de ésta que abre la colección cosecha roja de la editorial Estuario.
La primera afirmación debería ser que Sobres papel manila es menos una novela que un guión: una trama de acción bien armada a la que le falta todo eso que en una historieta (o en una película) corre por cuenta de las imágenes.
Pero esto —que podría ser leído como una crítica negativa sobre el libro— pretende ser en realidad el soporte de una observación que excede la mera descripción o valoración del relato y se estira hacia un diagnóstico del “estado de arte” del género policial o negro. Nombres, dicho sea de paso, que hace rato dejaron de aplicar para todos los textos que se inscriben bajo su marca. Sobres…, sin ir más lejos, no tiene policías ni detectives, aunque tiene casi todos los elementos que son obligatorios en las historias de serie negra.
Ahora bien: hay novelas policiales (las llamaré así por comodidad) que tienen todos los adornos del género, pero no tienen una historia bien armada en torno a su misterio principal. Reúnen páginas y páginas de clima policial, entreveran anécdotas secundarias que parecen puestas para ofrecer pistas engañosas (y en realidad están puestas para dar cuerpo, para llenar el relato) y terminan resolviendo la cosa en el último capítulo con información que llega de manera casual o caprichosa, sin demasiadas pretensiones de coherencia. (Si tuviéramos que dar nombres que sirvieran como ejemplo podríamos mencionar a Kriminal tango, de Álvaro Abós, Alfaguara, 2010, o Un lugar incierto, de Fred Vargas, Siruela, 2010, pero también le caería este sayo a la mayoría de las entregas protagonizadas por el comisario Montalbano, de Andrea Camilleri.)
Claro que al lector de policiales todo esto no le importa, porque la novela policial es a su lector lo que las olas al surfista: lo primero es que vengan, y cuantas más, mejor. Después se verá si son de las inolvidables o si habrá que seguir esperando por la próxima.
Sobres papel manila es un relato lleno de marcas convencionales del género —y en eso también se delata el hábil escritor de guiones— con el agregado de cierto regodeo macabro que, sin embargo, nunca llega a ser chocante. Hay algo en la forma en que se mencionan los cuerpos desmembrados o los tormentos padecidos por las víctimas que impide que el lector experimente el rechazo que las imágenes producirían si fueran visuales. Tal vez se trate de que, en el fondo, todo en Sobres papel manila suena un poco a broma, a juego, al ejercicio de una destreza cuya finalidad última es el entretenimiento.
Al comienzo hay cuatro asesinos, una víctima y unas fotos comprometedoras. El encargado de hacer que las fotos lleguen a manos de los asesinos —prolijamente ensobradas en sobres papel manila— es un personaje de serie negra hasta en el nombre (se llama Harrison Rey), cuya profesión no es clara (no es policía, no es detective) pero que sin duda responde a los estereotipos del matón a sueldo free lance, presumiblemente con un pasado oscuro, y con pocos remilgos a la hora de quebrar algunas leyes y unos cuantos huesos humanos.
Sobres papel manila es una de esas historias que, como The god of the labyrinth, de Herbert Quain, —el autor y la obra son ficciones de Borges— exigen del lector que descrubra el misterio por sí mismo. En ninguna parte la voz narrativa —ni tampoco alguno de los personajes— hace un resumen al estilo Miss. Marple para explicitar el camino que llevó a la solución del misterio. Sencillamente, los acontecimientos se encadenan y se exponen de tal manera que el lector sabe lo que ocurrió, sin que nadie se lo explique.
Esto quiere decir algo muy simple: la acción se explica a sí misma. Los hechos puestos en la historia se ajustan exactamente a los requerimientos de la trama, y no engordan ni espesan innecesariamente el texto.
Se le puede objetar a Santullo que lo que escribió carece, precisamente, de eso que hace que las novelas sean más que argumentos narrativos. Ningún personaje —salvo, tal vez, Salazar— es algo más que un rol, una función narrativa, un actante al servicio del desarrollo de los acontecimientos. Pero como dijimos desde el principio, Santullo es guionista, y esta historia se parece mucho a una historieta sin dibujos.
Igualmente, todo parece sugerir que Harrison Rey, esa figura indiscernible hecha de rasgos de muchos protagonistas de serie negra —tiene cosas de Lew Archer y de Marlowe, pero también de Torrente, el gordo e impresentable policía encarnado por Santiago Segura— seguirá mezclado en historias de muerte y venganza; de traición y de codicia. Y es posible que en ese camino vaya adquiriendo el espesor propio que todavía no tiene, tal como les ocurrió a otros —al propio comisario Montalbano— antes que a él.
Y si Santullo consigue agregar a su destreza para estructurar anécdotas el recurso de dar relieve y humanidad a sus personajes, es posible que nos encontremos con un escritor de policiales de los que quedan en la historia. Algo que, desde hace tiempo, está faltando.
*Sobres papel manila, de Rodolfo Santullo. Montevideo, Estuario editora (Casa editorial Hum), serie Cosecha roja 01, 2010, 115 págs.
Soledad Platero

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