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13/08/10

Arturo Carrera en Brecha

Presenta: HUM

La anécdota borra un poco

Con Arturo Carrera /  13 de agosto de 2010

Arturo Carrera (1948) es uno de los referentes de la poesía argentina contemporánea. Su primer libro, “Escrito con un nictógrafo”, de 1972, fue prologado por Severo Sarduy y reeditado en 2005 con un DC en el que Alejandra Pizarnik lee algunos de sus textos. Asociada al neobarroco latinoamericano, al neobarroso del estuario, la obra de Carrera en una de sus facetas es una constante escritura del recuerdo más antiguo o su invención, un constante volver a la infancia al, un levantar monumentos a la aparición poética del suceso anterior. Un nuevo libro editado recientemente en Montevideo por Hum da cuenta de ello, ya desde su título: “Fastos”.

F R A N C I S C O T O M S I C H

—Pringles. Origen, escritores amigos, publicaciones, historias, poemas, paisaje, proyectos. ¿Podrías hacernos un resumencito digamos biográfico con eje Pringles?
¿Cómo es ese “dialecto” (para citarte) que habla Pringles en tu vida y en tu obra?

—Sí, claro, es un dialecto Pringles.Lo dialectal es casi lo idiomático,lo propio etimológicamente, lo que hicimos, lo que  inventamos, lo que celebramos. El lugar donde las cosas suceden de una vez y para siempre, como decía Cesare Pavese de la  infancia. El terrón de sentido, el bloque de sensación, la invención del lugar. Y el lugar donde duermen la madre y el padre y los adorados abuelos. Todo eso construido por la invención del recuerdo, que exige espacio, medida, ritmo,  memoria… Y ahora eso es Estación Pringles, una especie de centro de traducciones a 500 quilómetros de Buenos Aires, que hemos creado con amigos artistas. Para que los artistas y poetas y escritores vayan a inventar su idioma. Y para los poetas traductores, que son los que más saben de política, ¿no lo dijo Derrida también?:  “creo que los poetas traductores son los que han de explicar, de enseñar, que se puede cultivar e inventar el idioma,  porque no se trata de cultivar un idioma dado sino de producir el idioma. Paul Celan produjo un idioma, lo produjo a  partir de una matriz, de una herencia sin ceder al menor nacionalismo. Son, en mi opinión, esos poetas los que han de dar  una lección política a los que insisten sobre la cuestión de la lengua y de la nación”.  También Lautréamont desde París lo produjo, y Perlongher en Brasil.

—En una entrevista que te hizo Edgardo Dobry en Cuadernos Hispanoamericanos, y que insiste en las influencias. Leo:  “Acaso haya dos influencias, la de la emoción pura, digamos, que nos produce una obra, y la de la infatuación o extrañeza en la que puede sumirnos esa misma emoción”.¿Son dos momentos de la lectura? ¿Es una manera de distinguir entre  el placer del lector y la ansiedad de influencia?

—Cuando experimentamos una emoción –eso de pura es un añadido poético insuficiente–, el cuerpo entero se sale de sí, se transforma en un fantasma. Y allí empezamos a convivir con un autor en su lectura, empezamos a bailar con él, somos el  apuntador ignoto de esa obra o personaje que nos reclama. Por el contrario, con la infatuación o extrañeza nos pasa como con el amor: desde los primeros encuentros (las primeras lecturas) no podemos dejar ni un instante a quien nos ha hechizado. Somos como unas líneas de un poema de Lugones: “fue una vaga congoja de dejarte/ lo que me hizo saber que te  quería”. ¡Qué difícil responder a la última parte de tu pregunta!

—Un poeta lee diferente que un lector de poesía: ¿qué es lo que formula o a qué da imagen leer poesía?

—No creo; el lector es “mon semblable, mon frère”, ¿o no?

—¿Se elige el primer recuerdo? ¿De qué manera se haría eso?

—No creo que se elija, sin duda se construye. Es una invención extraordinaria, como lo demostró Proust entre otros  constructores. ¿No es cargando las imágenes de tiempo hasta hacerlas estallar, como se construye un recuerdo? ¿Como el  arte de hacer grandes burbujas para oír el grito de su estallido? Es la mezcla perfecta de la emoción en la sensación la  que aparece en el poema y en los sospechosos recuerdos.

—¿Cuál es tu imagen más antigua de estar escribiendo poesía?

—Cuando decía un poema –y cuando era todavía un niño me hacían decir muchos poemas incluso en dialecto siciliano, que hablaban mis abuelos maternos y que yo aprendía con facilidad– me parecía que escribía. Había visto que mi abuelo  escribía. Escribía en un libro contable o escribía un sobre con nomenclaturas de cereales. Yo había visto su mano enorme  al escribir y la pluma cucharita, y ese leve movimiento que después supe imitar. Una tarde que llovía, me dicen que yo  estaba en el patio de casa, escribiéndole a mi madre muerta una carta para que no se mojara…

—Me encuentro en un poema tuyo con esa palabra tesoro, tokonoma. El poema como tokonoma sería una idea poco barroca,  ¿verdad?

—No sé. El tokonoma es un ornamento japonés, un “vacío decorativo” podríamos llamarlo con cierta indiferencia; y en un  librito extraordinario de Junichiro Tanizaki –Elogio de la sombra– se describe un tokonoma. Es un objeto casero que  celebra el vacío. Pero después Lezama Lima, en su famoso poema “El pabellón del vacío”, inventa varios tokonomas. Los miniaturiza. El trazo de una uña en la pared es un tokonoma, la necesidad de un pequeño vacío… entonces alguien se reduce a un punto para reaparecer de nuevo. Después en otro huequito en la mesa del café adonde está sentado, solo; y allí empiezan a sucederse los recuerdos, los miedos, y la idea de que nuestra alma y su envoltura caben  en ese pequeño hueco. Y él dice que cabe ahí, ¿pero cómo no va a caber si en el vacío se puede esconder hasta un canguro sin perder la alegría de los saltos?, dice el poeta. No sé si será barroco o no, pero es el último poema que escribió. Y termina de un modo conmovedor: “me duermo, en el tokonoma evaporo el otro que sigue caminando”.

—¿Cuándo fue escrito Fastos? ¿Cómo es el proceso a través del cual se termina editando acá en Uruguay?

—El librito éste fue compilado especialmente para la editorial Hum, de modo tal que para mí es un agradecimiento enorme que lo hayan publicado y que sea tan bella la factura del libro. Pero además el libro Fastos es un poco celebratorio; la  palabra fasto quiere decir lo contrario de nefasto, o sea que es un estado de felicidad, de celebrar los momentos en los que el poeta advierte algo diferente, ya sea en su cotidiano día o a lo largo de un período de la infancia, de la  adolescencia o de la actualidad. Hay tres momentos celebratorios, y a veces acontecimientos, como es el caso de la gran nevada que se produjo en Buenos Aires el 9 de julio de 2007. Fue una cosa inesperada, porque no nevaba desde hacía cincuenta años, y yo escribí todos esos poemas porque las fotos que fuimos a sacar con mi hija se borraron. Así que todo tiene una  anécdota, que está detrás. Pero la anécdota también es como la fotografía: borra un poco lo que se escribe.  Cada foto que se borraba iba a ser celebrada por medio de un poemita. 

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