foto de Héctor Rio 2
01/10/10

Osvaldo Aguirre en La diaria

Presenta: HUM

Los surcos de la soja

Reseña de Marcelo Silveira / 1 de Octubre de 2010

Yo no sé muy bien en qué anda la poesía argentina, pero me han dicho (y confirmo que mal rumbeados no andaban) que la vieron por los pagos de Campo Albornoz, que “era el nombre de un paraje –nos cuenta Osvaldo Aguirre en una nota previa a los poemas– que surgió alrededor de una estancia, en el sur de la provincia de Santa Fe. La estancia fue fraccionada y desapareció, y con ella el paraje, que la cartografía no registra. Sin embargo, el nombre persistió en el habla de la gente del lugar, como un punto de referencia en el tiempo y en el espacio.”
Este libro, entonces, se funda desde su título en un topónimo cuya referencia es ya otra cosa, un lugar distinto del que designaba, una huella verbal, en todo caso. Y si el nombre del paraje devino en una coordenada espacio-tiempo, en los poemas se transforma en el signo bifronte que condensa los dos sentidos, que reconstruye el “Campo Albornoz” antiguo y proyecta el actual.
Las pequeñas historias sobre la vida de campaña que cuentan los poemas sucedieron en ese mismo lugar “donde ahora no se oye / voz humana ni corre / más que el viento, / o el simple abandono, / ni hay cosa que diga / de nuestra vida”. Pero,a ver, hay que decir algo sobre ese “sucedieron” que acabo de escribir: este comentarista, más allá de la nota citada al comienzo, no tiene ninguna certeza histórica respecto del paraje; lo cual no importa mucho porque justamente uno de los yeites del libro es el trabajo en torno a la verosimilitud de su referente inestable (ese que aparentemente era pero ya no es). Porque el mismo comentarista que puso el freno unas líneas más arriba, sí tiene noticias de lo que es estar “en medio de la pánica llanura interminable” (como dijo Emilio Oribe desde este lado), de manera que Campo Albornoz puede funcionar metonímicamente, como otros parajes igualmente perdidos y olvidados en esa inmensa llanura que llamamos la pampa, cuya imagen literaria arquetípica la dio Sarmiento con su Facundo algún tiempo antes de que ese suelo mostrara ser uno de los más fértiles del mundo. Y en esa tierra pródiga de cereales, decía, tienen lugar las historias que, poema a poema, nos va contando el narrador; porque si yo no leí del todo mal, una de las claves de la verosimilitud señalada es la construcción de una voz común a los poemas, que a veces parece narrar más cerca del Campo Albornoz primero, y otras más cerca del que se ha convertido nomás en un punto de referencia. Edgardo Dobry señala en la contratapa del libro que “el verso breve que utiliza es una nueva modulación rioplatense de la forma tradicional castellana, la del romancero; como lo fue la poesía gauchesca, referencia a la que Aguirre apela de una forma tan evidente como nada ingenua”. En esta tradición puede inscribirse también el carácter narrativo de estos poemas. En lo referido a la métrica cabe agregar que, si bien hay una gran presencia del octosílabo proveniente de la gauchesca, a diferencia de ella Aguirre prescinde de una regularidad constante en el metro de sus versos, de la misma manera que no tiene un patrón fijo de rima; lo que da como resultado un ritmo bastante diferente al de la poesía de Ascasubi o Hernández, por ejemplo. La música parejita de la gauchesca tradicional se  convierte aquí en un ritmo propio que se desenvuelve a través de esa voz narradora que hay detrás de los poemas, donde parece más importante que la diversidad métrica de los versos, el juego con la sintaxis de la frase a lo largo de ellos. En esta gauchesca “desarmada” es grato oír algunos versos quebrados por encabalgamientos nunca demasiado violentos, como si el tiempo que fue borrando al paraje Campo Albornoz hasta hacerlo desaparecer también erosionara la forma literaria que lo refiere. Siempre creí que el anacoluto era alguna clase de insulto rabioso o de señora paqueta; sin embargo Perogrullo viene a decirme que es una “inconsecuencia en la construcción del discurso” (RAE). En el habla común, en el lenguaje oral, los anacolutos están presentes todo el tiempo; frecuentemente damos marchas y contramarchas en lo que vamos diciendo, se nos ocurre algo mejor y cambiamos el rumbo de una frase en desmedro de su pulcritud gramatical pero a favor de lo que queremos expresar o porque nos salió así y punto. De estas pequeñas anomalías cotidianas (como las cosas que cuentan) también están hechos los versos de este libro, su ritmo y su encanto. ■

Campo Albornoz, de Osvaldo Aguirre. Hum, Montevideo, 2010.

Secciones: Nomeolvides, Prensa   Etiquetas: , , ,

Presentación / Evento