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Sobre LA NOVELA DEL CUERPO, en diario La República, viernes 13 de marzo de 2015.
La cosmética sociedad de la frivolidad y el consumismo
El libro es un ácido retrato de patologías, mitos y obsesiones
Por HUGO ACEVEDO
La cosmética sociedad contemporánea con su perversa y frívola impronta de consumismo, banalidad, egoísmo y cuasi religiosa pleitesía a la cultura de las apariencias es el disparador temático de “La novela del cuerpo”, el nuevo trabajo literario del narrador y poeta Rafael Courtoisie.
Courtoisie es, sin dudas, una de las plumas referentes de la literatura uruguaya contemporánea, que ha transitado, con singular éxito, virtualmente en todos los géneros literarios.
A su fermental sabiduría narrativa el autor compatriota suele adosar su reconocida sensibilidad poética y una fina intuición para reflexionar sobre los temas más cruciales de nuestro tiempo.
La producción narrativa del autor incluye títulos tan emblemáticos como “Cadáveres exquisitos” (Premio de la Crítica), “Vida de Perro” (Premio Nacional de Narrativa del Ministerio de Educación y Cultura), “Tajos”, “Caras extrañas” y “Tiranos temblad”.
El autor también ha descollado en poesía: “Contrabando de Auroras” (1977), “Tiro de Gracia” (1981), “Orden de Cosas” (1986), “Cambio de Estado” (1990), “Las jaulas de la paciencia” (1995), “Estado sólido” (1996), “Umbría” (1999), “Instrucciones para leer ceniza” (1994) y “Palabras de la noche” (2006), entre otros títulos.
En “La novela del cuerpo”, Rafael Courtoisie construye un desaforado ejercicio de sardónico acento satírico, con el propósito de denunciar las patologías individuales y colectivas que contaminan a la humanidad contemporánea.
Partiendo de la tesis que en esta sociedad de consumo todo está a la venta, incluyendo naturalmente la dignidad, el narrador pergeña el Mercado del Cuerpo, donde es posible adquirir órganos naturales o artificiales, practicarse trasplantes, cirugías mayores y experimentar sorprendentes mutaciones estéticas.
El autor visualiza una comunidad absolutamente desquiciada, donde el cuerpo es objeto de religioso culto, veneración y eventual transformación, acorde con las pautas de la oferta y la demanda y las arraigadas pulsiones narcisistas.
Por supuesto, en la aguda mirada del escritor el cuerpo es también materia de reflexión científica, filosófica y hasta ontológica, con fuertes connotaciones simbólicas, psicológicas, biológicas, religiosas, sexuales y hasta escatológicas.
Courtoisie se mofa ácidamente de los ritualismos sociales y de la soberbia humana, en tanto alienada conducta que parece ignorar la inexorabilidad del devenir del tiempo.
Sin abandonar en ningún momento su acento deliberadamente paródico, analiza con acento crítico los delirios de grandeza, las futilidades y las más arraigadas miserias humanas.
Su escritura abunda en metáforas, que respaldan una construcción estética caracterizada por la sutileza y por la intuición propia de un avezado creador.
En esta oportunidad, el escritor sostiene su discurso apelando también a terminología anatómica, histológica y fisiológica, acorde con las demandas de una propuesta literaria a menudo compleja pero no menos ágil, explicita y verbalmente incisiva.
Esta no es ciertamente una novela propiamente dicha, sino un ácido e irreverente retrato de un mundo agobiado por el miedo a las calamidades de la evolución del ciclo vital: la decadencia, la enfermedad, la vejez y la muerte.
Rafael Courtoisie corrobora, una vez más, su intuitiva sensibilidad para decodificar los lenguajes, los mitos, las manías, las pulsiones contraculturales y las más patológicas obsesiones de una sociedad cada vez más vacía de inteligencia, socialmente segmentada y huérfana de afectos.
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Palabras de Gonzalo Percovich para la presentación del título:
La novela del cuerpo de Rafael Courtoisie.
Quisiera destacar sólo algunas pinceladas de lo que me produjo la lectura del libro y en este intento pienso hablar sólo como lector, intentando despojarme de cualquier saber que obture la vital lectura del texto que esta noche nos convoca.
Vital es la palabra que apareció primero para adjetivar la lectura de La novela del cuerpo. Vital porque es un libro que sin dudas, convoca a la risa y eso lo hace muy disfrutable, ágil, muy cercano al acontecer cotidiano de lo que nos provocan los incesantes avatares de nuestro cuerpo en la vida diaria. Cuerpo erótico en primera instancia, y ello se revela en la serie de pequeñas secuencias de sus fugaces personajes; pero página a página, el increyendo reflexivo se revela muy subrepticiamente. La pequeña anécdota algunas veces desnuda una verdad que permanece callada y el autor arriesga a lanzar una reflexión sobre ese lado oculto del cuerpo, de esa sombra que refleja muchas veces dolores silenciados.
Un lenguaje conciso, no ahorrándose ninguna expresión, sin eufemismos, que diga las cosas por su nombre: badajo, cock, little dick, tripa, chota… Y al mismo tiempo las palabras utilizadas viajan desde las expresiones más criollas, palabrejas de verdaderos charrúas, y en ello el dialecto uruguayo se percibe, para trasladarse sorpresivamente al lenguaje más técnico de una medicina especializada. Un verdadero Rouvière que se presta para ser utilizado por el Mercado del Cuerpo Inc.
El libro se lee de un tirón y el tamaño hace al asunto: una novela corta, bien corta pero muy rendidora. Una novela que se sostiene por la turgencia discursiva. Y en ese sentido el falo ronda toda la novela. Es dueño y señor de la misma. Como si entre turgencia y detumescencia se jugara la peripecia novelística.
La novela del cuerpo tiene un título tan grande que hace disonancia y entiendo que eso es parte del asunto. Nombrarla “novela del cuerpo” llama a algo muy sesudo, casi hasta con pretensiones ensayísticas y su verdad se juega precisamente – y ahí está lo logrado- en los momentos mas risibles, más cotidianos donde el cuerpo se devela indeleble, frágil en su consistencia. Ansias de transformaciones corporales, de las más variadas. La mayoría de ellas por pretensiones reafirmativas, reaseguradoras de un buen rendimiento erótico y a veces ni siquiera eso…simplemente por la buena imagen…La función de la imagen tiene una captura ineludible a la hora de decir algo del cuerpo, y sin embargo, es por donde se quiebra la imagen que surge siempre lo más inquietante. Prisa por “compensar” de algún modo aquello que vacila en el cuerpo.
Las partes del cuerpo que se pretenden modificar, agregar, embellecer o sustituir son algunas veces insólitas: alguien que no ama más sus codos, o un dedo que necesita más propiedades para que su función sea eficaz.
Y en ese mundo del Mercado casi todo es posible. Cualquier fragmento corporal es transformable y por ello vendible. El Mercado de Cuerpo se presenta en el libro como un enorme Macromercado de esperanzas. Todo tiene su precio. El cliente siempre tiene razón. Las ofertas pueden efectuarse cash o a crédito seguro. El mundo en sus manos. Hasta el cerebro se puede cambiar, ofreciendo beneficio incalculables; o un páncreas, que puede ser recargado como los cartuchos de una impresora.
Si La Mettrie leyera el libro podría sentirse satisfecho. El Hombre máquina es una concreción absoluta. O quizás más precisamente ¿es que día a día, de modo vertiginoso advenimos cada vez más hombres-prótesis? Una naturaleza humana mutante, donde lo supuestamente natural se entremezcla con lo artificial de un modo ya no delimitado. Un tornillo que encaja, una turgencia que reasegura, una coloración caribeña efecto de unos minutos de cama solar. Y así en continuidad con las máquinas que nos auscultan, nos observan, nos vigilan, nos controlan: resonancias magnéticas, ecografías, tomografías, rayos, radiaciones…
Los capítulos del libro se intercalan con algunas secciones A, Analgésicos B La sombra del cuerpo, C Pensar con el cuerpo y D El cuerpo que no se ve. A mi entender estas secciones interpuestas entre los capítulos apuntan a otro horizonte. Quizás más ensimismado, más íntimo, donde el autor revela las aristas de una larga reflexión. Elocuencia de algunas composiciones escriturales que lo lanzan a un pensamiento elucubrativo, que revela la opacidad de lo que conlleva la vida de un cuerpo. La sutileza está, en lo que dice sin explicitarlo. El cuerpo puede enfermar. Eso no está escrito pero sí se desprende de algunos enunciados bien ubicados: hay dolores del cuerpo, hay partes del cuerpo que no se ven. Introducir esa dimensión, la del cuerpo que puede enfermar, creo, permite un viraje que opera de contrapunto esencial. No es una apología a algo negro, a un desencanto vital sino más bien que todo lo contrario. Si el cuerpo puede enfermar es porque vive, porque produce experiencias que pueden tocar un límite, el límite de lo que desborda a su ser.
Escribe Courtoisie: “El dolor es la pregunta. No hay respuesta para la pregunta del dolor. O en todo caso la respuesta es el cuerpo. La respuesta la da el cuerpo, se mueve, duele más, deja de doler […] ¿Qué extrañeza, que vacío sucede al dolor que estaba allí en alguna parte”.
Y si de elocuencia de escritura hablamos destaco como lector el capítulo 5. ¡Verdaderamente genial! En el mismo, entre varios temas habla de los agujeros del cuerpo. Particularmente la descripción que hace de la boca y del ano son formidables.
La boca, orificio que se traga todo, ella es la apertura a un mundo interior que exige un recorrido sinuoso, peligroso, lleno de tropiezos, de bacterias asesinas, de movimientos peristálticos y en ello la fisiología toma primacía sobre las utilidades eróticas o incluso poéticas de la boca…
En una continuidad con ese agujero inicial, sigue el ano. Escribe: Ano: “Asteroide esfinterial, ojo ciego pero abierto, con párpados concéntricos, cubierto apenas por unos pocos cilios…pelos que por el lugar que ocupan, por descaecimiento o vergüenza, los anatomistas no quisieron registrar”… pelos del culo…Y agrega: Francisco de Quevedo y Villegas, en un agudo ensayo menciona y examina este agujero situado en el extremo opuesto de la boca[…] Tituló a esa memorable pieza ‘Gracias y desgracias del ojo del culo’. Lo escribió con una precisión, un tino, un sentido del saber y del comunicar, que fueron en su momento envidia de su enemigo y compañero de tiempo y de poesía, don Luis de Góngora. Lo que más rabia le dio a Góngora al leer el quevediano ensayo[…] fue reírse con una risa franca, estentórea, con una risa grande que de inmediato se convirtió en arrepentimiento…provocado por la conciencia de la magnitud literaria de su repudiado rival. De algún modo Góngora era la boca y Quevedo era el ano”.
Si termino éstas, mis palabras, con esta cita del libro de Courtoisie, no es por ninguna pretensión escatológica sino porque en ese tramo el autor muestra sus dotes de poeta, ciñiédose a dos grandes de la literatura española y acompañando el tono de lo que ellos tienen para decir. El autor, allí prolonga la ocurrencia quevediana para revelarse en su singular estilo literario.
La novela del cuerpo, dice finalmente Courtoisie, es un cuerpo, pero un cuerpo que aún en el desencuentro no puede prescindir de las palabras. Courtoisie concluye: “el cuerpo está hecho de palabras cuyo sonido en la noche se parece a la humedad y a la fiebre[…]el cuerpo es siempre una manera , una forma de decir las cosas” .

“Iris Play”, de Mercedes Estramil
“Los animales de Montevideo”, un libro de Felipe Polleri
“La ciudad invencible”, un libro de Fernanda Trías
“Habitaciones privadas”, un libro de Cristina Peri Rossi
“Caja Negra”, un libro de Mercedes Estramil
“Los Geranios”, un libro de Ana Solari
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