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05/08/15

“Pensión de animales”, una novela de Pablo Silva Olazábal.

Presenta: Estuario

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Pensión Búsqueda

 

 

 

 

 

 

Reseña de Alicia Torres en Brecha

Una ficción bizarra

Lo que Silva Olazábal hace es reacomodar la estructura del ángel caído en una nueva zona semántica: una pensión tan miserable que recuerda a la de Papá Goriot, aunque madame Vauquer está a años luz de la terrible portera de “Pensión de animales”, una mujer sombría de poderes infernales.

Sobre Pensión de animales, de Pablo Silva Olazábal, escribió Circe Maia: “La leí de un tirón, no podía dejarla. Es una novela original, extraña y compleja, pero que al mismo tiempo emplea un lenguaje muy accesible, muy nuestro. Todo lo que ocurre en ella tiene apariencia dual”. Tan cierta es la apreciación, que el concepto de dualidad se anticipa en la portada: el ángel de alas desplegadas y semblante de estampita luce un saco ajado y sostiene, displicente, un cigarrillo. La pintura integra la serie “Maltratado de ángeles y basiliscos”, del polifacético Luis Eduardo Aute, que al intervenir la iconografía consagrada pone en entredicho sus convenciones y coloca a los seres alados en lugares y posiciones no tradicionales.

La novedad es que la presencia angélica no se agota en la tapa del libro, sumándose Silva Olazábal a la antigua práctica de su literaturización. Lo que él hace es reacomodar la estructura del ángel caído en una nueva zona semántica: una pensión tan miserable que recuerda a la de Papá Goriot, aunque madame Vauquer está a años luz de la terrible portera de Pensión de animales, una mujer sombría de poderes infernales.

De esta forma comienza la novela: “Ese que ven ahí, con el vaso en la mano, las alas raídas y la cabeza recostada sobre la mesa, soy yo, el ángel borracho. Estoy en la penumbra de este altillo, bajo esta débil luz por donde se desgranan finas motas de polvo y, aunque cierro los ojos, igual los oigo. Es un murmullo de pensamientos, un murmullo que aplasta la mente y el ánimo, anega el espíritu de plumas indelebles y vuelve todo irrespirable. Son ellos, los habitantes”. Silva Olazábal crea a su ángel con propósitos ajenos a la religión, parece, en todo caso, una intuición imaginativa. Entre su figura y la de la portera bascula la impronta del cielo y del infierno, del gran sueño y de la gran caída. La dualidad mencionada por Circe.

En la pensión está prohibido tener animales pero todos conviven con alguno, y en los huéspedes afloran rasgos de animalización. La narración no oculta, más bien subraya, la artificiosidad y el libre arbitrio de estas uniones, que atraviesan más de una dimensión y encaminan la historia hacia un marco laxo de género fantástico. Los sorprendentes hechos que protagonizan “los habitantes” emergen de un calculado sentido del ritmo que narra cada historia con múltiples detalles. Casi todas suceden en la intimidad de las habitaciones y en forma simultánea. Decía el personaje de “El Aleph”, de Borges, que lo que veían sus ojos era simultáneo pero lo que transcribía era sucesivo, porque el lenguaje lo es. Para construir a un narrador capaz de visión simultánea –una suerte de pantalla múltiple o panóptico sensitivo– Silva Olazábal recurre a la figura del ángel que lee el pensamiento de los seres humanos, y lo ilustra con algunas ideas desarrolladas por Swedenborg. En la novela Un retrato para Dickens, Armonía Somers inventó a un loro parlante como reencarnación de un demonio bíblico que termina recluido en el altillo de una casa de inquilinato desde donde practica un voyeurismo desaforado que lo registra todo. Valía la pena el cruce.

En Pensión de animales los narradores son diversos. Sus voces problematizan la relación de cada uno con los demás y con el espacio vital, propio y ajeno. Lo hacen en un sentido físico que depende del movimiento de sus cuerpos, de los lugares que llenan o vacían al desplazarse, del murmullo casi sólido de sus pensamientos. Sobrevolándolos, una muchacha desquiciada baja furiosa las escaleras, insulta, patea puertas, “lleva en los ojos la chispa de la santa indignación”. El único que percibe su rebeldía es el ángel. Los demás, pobres diablos entrampados en una mediocridad pegajosa, resentidos, vulnerables, pervertidos o incautos, la creen loca y sobreviven en el encierro de sus piezas, cada cual en su infierno, mientras el autor, obsedido por la indagación meticulosa de esas emociones y esos escenarios, y fascinado por el arrebato imaginativo que logra su ficción, pone en práctica una rara sensibilidad para observar la fragmentación dolorida de sus contemporáneos. Mientras tanto, todo confluye hacia un paradójico restablecimiento del orden, que aspira a devolver el caos a su lugar.

 


Evento 'Finalizado'
Fecha:

Miércoles, 05 agosto d 2015 ~ 09:33 am

Lugar:
ll

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Presentación / Evento